No me temas amor cuando sonrío, 
porque el atardecer ha pintado mi rostro
y el poema que abraza me ha teñido de letras el alma.
No consideres la pena, si en mis ojos vez el brillo pleno de tu amor constante.

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Aprendí a amarte en otoño, cuando los mismos árboles han renunciado a la vida.
Aprendí a tenerte conmigo en silencio, egoísta y posesiva.
Por mí, por conveniencia, por permanencia en esta insensata rutina que me exige la vida, aprendí a no olvidarte, a no perderte allá en el misterio de los días que renacen con el alba.

Les.

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