Sucumbe mi fuerza
ante la hermosura del ocaso;
el que siempre espera,
el que esconde mi llanto,
el que guarda silencioso tras la inmensidad,
la locura infinita
de mi alma.

Quien no percibe la esencia pura
de un poeta,
la presencia divina
en la sencillez de las rosas silvestres,
no ha de conocer nunca
la gacela que da saltos en los montes,
entre los tibios rayos generosos del atardecer,
abrazo de la eternidad.

Invito a la soledad que habita
en una hoja de otoño,
cuando el sol se esconde
cuando el ruido se escapa con las aves,
buscando algún nido lejano.
Titubeante lanzo al viento
un mensaje emergente
de un sueño en la floresta,
suplicante de un beso de amor verdadero.

Quiero despertar en la mañana
con la melodía jugueteando entre mis piernas
y la dulzura de unas notas blancas
como espumas en mi pecho, latiendo al ritmo de mis versos;
trascender el espacio y burlar el tiempo,
acariciar sin prisas mi almohada,
susurrar misterios,
empezar de nuevo.

Les

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