No me temas amor cuando sonrío, 
porque el atardecer ha pintado mi rostro
y el poema que abraza me ha teñido de letras el alma.
No consideres la pena, si en mis ojos vez el brillo pleno de tu amor constante.

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Aprendí a amarte en otoño, cuando los mismos árboles han renunciado a la vida.
Aprendí a tenerte conmigo en silencio, egoísta y posesiva.
Por mí, por conveniencia, por permanencia en esta insensata rutina que me exige la vida, aprendí a no olvidarte, a no perderte allá en el misterio de los días que renacen con el alba.

Les.

Un Sueño en la Floresta

Sucumbe mi fuerza
ante la hermosura del ocaso;
el que siempre espera,
el que esconde mi llanto,
el que guarda silencioso tras la inmensidad,
la locura infinita
de mi alma.

Quien no percibe la esencia pura
de un poeta,
la presencia divina
en la sencillez de las rosas silvestres,
no ha de conocer nunca
la gacela que da saltos en los montes,
entre los tibios rayos generosos del atardecer,
abrazo de la eternidad.

Invito a la soledad que habita
en una hoja de otoño,
cuando el sol se esconde
cuando el ruido se escapa con las aves,
buscando algún nido lejano.
Titubeante lanzo al viento
un mensaje emergente
de un sueño en la floresta,
suplicante de un beso de amor verdadero.

Quiero despertar en la mañana
con la melodía jugueteando entre mis piernas
y la dulzura de unas notas blancas
como espumas en mi pecho, latiendo al ritmo de mis versos;
trascender el espacio y burlar el tiempo,
acariciar sin prisas mi almohada,
susurrar misterios,
empezar de nuevo.

Les

Desempolvando un poco…

El me hacía temblar el cuerpo y el alma. Su mirada era la mía, su voz me sumergía en un universo paralelo donde todo era posible. No importaba la distancia, el cielo eran sus ojos, no existía diferencia entre el día y la noche, era suya eternamente.
Mi alimento eran sus besos,
esos que de una forma invisible recorrían mi piel, su calor estaba en mis huesos y mi boca pronunciaba por si sola su nombre.
Le amaba con locura, con ceguera, como un fuego ardiente y también con ternura le amaba.
Amaba todo de él. Su palidez y su sonrisa, su quebranto y su cordura. Amaba sus silencios y el estruendo de su alma… Todo él, también fue mío.

Leslie Mansilla

… Pandemia

Los versos no son, como creen algunos, sentimientos (se tienen siempre demasiado pronto), son experiencias. Para escribir un sólo verso es necesario haber visto muchas ciudades, hombres y cosas; hace falta conocer a los animales, hay que sentir cómo vuelan los pájaros y saber qué movimiento hacen las florecitas al abrirse por la mañana.

– Rainer Maria Rilke
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Ayer deje un post en una red social, un hálito  de esperanza, mi fe.
Dejar una imagen tratando de persuadir el sentido del humor discreto que en estos tiempos de pandemia, dolor, injusticia y duelo es un atrevido acto de heroísmo que desde mi rincón, dónde también padezco los efectos (síntomas) de un cautivo.
No digamos sostener a pesar de todo que, saber que Dios está, se ha vuelto suficiente.

Cuántos años atrás vimos venir el caos… Lo escuchamos, lo predijimos, lo esperábamos de hecho. Pero creo que nos faltó imaginación y un plan de B, un plan que nos salvara del día malo, de la pérdida cuando una enfermedad fantasma nos arrebata lo que amamos, nos impide abrazar a los más débiles, desestabiliza una economía que repercute en el pan diario y que sostiene un plan macabro en las mentes de los gobiernos que aprovechando el miedo, actúan a su favor olvidando que su papel es servir al  mismo pueblo que oprimen.

Pensar en Dios y en su sabio silencio, impacta mi vida. Que va a decir ahora, si ya todo está dicho. Depositar mi afán en El, es un alivio.
Aunque el mundo se acabe… Yo en El he puesto mi esperanza y, qué puede ser más cautivador que esperar una vida más allá de la “muerte” en este mundo que ya vimos, no es tan seguro como pensábamos.

… No vine a dejar un mensaje religioso, solo dejo mis letras colgadas.

Cuando tengo versos en mis bolsillos, sumergida en la nostalgia y el sentimiento los plasmo.
Pero hoy, tengo dolor en el alma… Porque respiro en el aire el sentimiento que emana de la tierra misma, la impotencia, la incertidumbre y la poca fuerza para decir basta. Creo que el mundo, también está cansado.

Yo lo estoy

Les

Permanecí sentada frente al computador con una hoja en blanco, con las gafas empañadas y un llanto incontenible…
Llore una vez más éste dolor que delata su presencia en invierno, en ésta noche revestida de una púdica belleza, porque no hay fealdad en lo que nos enfrenta a lo que somos, a lo que contenemos dentro, así duela.
Cuando era chica no tenía la posibilidad de elegir ser… hasta llegar la noche, entonces era lo que podía, lo que nacía.
Recuerdo cubrir con una manta mi ventana, hasta quedar en completa obscuridad. Afuera escuchaba pasos de árboles gigantes, el crujir de sus hojas secas no podían esconder que poseer la libertad de ser ellos mismos, era un festín.
Tenía un piano, un poco viejo y con memoria selectiva, siempre ubicaba mis dedos en el mismo lugar, en la misma melodía, una que invente sin conocer de partituras, pero que como ungüento sanaba mi ser, aplacaba la ansiedad y hacía huir el miedo en mi. Entonces solía encender una vela roja.
No era extraño para mí, ver los primeros rayos de luz atravezar la espesa cortina que guardaba mi íntima soledad.
… La vida ha marchado tan pronto, todo parece un sueño que alguna vez tuve.
La risa de mi abuelo, el olor a café recién tostado en la mañana.
Me percato de no estar tan completa, no; me falta alguna parte de alguna parte. Y no es que entonces no pueda sentir como siente una mujer completa, por el contrario, no hay manera más profunda de sentir que con las heridas abiertas.
Pero solo pasa en invierno, en las noches que me transportan a aquel momento donde podía elegir ser y la intimidad no era más que un misterio tras la espesa cortina que escondía mi locura hasta el amanecer.
Hoy no tengo nada que esconder… hoy cuando amanece no tengo elección, pero la generosidad de la vida es hermosa y quejarme sería un pecado. Agradezco lo que tengo.
Pero sigo esperando la noche y mi alma sigue llorando en invierno, será que habrán heridas que vuelven a doler con el único propósito de encontrarme con lo que amo ser; poesía.

Les Mansilla, Guatemala C.A. 2020
Me gusta vestir de negro, como viste la noche oscura, éste cielo inmenso.
Hablar conmigo misma, derribarme los reproches; ahogar en llanto la conciencia.
Hasta vaciar el alma,
hasta morder el polvo del firmamento.

… Aun el fuego arde, por aquel amor en mis entrañas,
aun mis manos guardan las cenizas, tras los versos
que susurran.
Me reprendo entonces impía,
por no ser aquella que quisiera y replicarme cada día, 
con las mismas heridas.

No tengo un dios de palo,
y nada sostengo con las tinieblas.
Pero esta noche oscura
es testiga de mi templo y mis silencios; de mis cantos y mis rezos,
de mis huesos quebrantados.

Necesario me es entonces,
arrancar la hipocresía,
cuando al espejo me miro soriendo y por dentro lloro.
Lo hago así, arrojando al viento mis disculpas, suplicando a Dios no ser la misma.
¡Qué sería de mi sin la locura!
sin la terneza de la luna,
sin el pozo donde escupo hoy mis culpas.
¡Qué sería de mí sin la poesía!

Les Mansilla / Guatemala, C.A. 2020
Le temo a la noche oscura
a la tempestad que no calla
que no esconde su furor;
temo llegar al borde del precipicio,
al terrible pico de la poesía,
tenebroso silencio que me absorbe.

La luna no esclarece las horas
el tiempo no existe más
el tic tac del reloj se ha marchado;
no existe mas el lloro
en el vacío siniestro de mis ojos ,
en mi agudo pensamiento
tan frágil.

Sin palabras,
sin versos
quedo muda,
sin réplicas del pasado.

Les Mansilla 
Guatemala, abril 2020

Cobardía

Te prefiero así
distante
callado
osado;
Como si nunca
hubieses existido,
como ese fantasma
misterioso
que llega cada madrugada
con el viento del pasado.
Es mejor que estemos lejos
es mejor que no me veas,
que yo no pueda verte,
Y no que no te ame
no que no te extrañe
o te piense
o te añore.
Es que soy cobarde.

Les Mansilla 
Guatemala, C.A. 2020 abril 

¿Haz amado alguna vez?

Dime, ¿cómo has amado?.. dime, ¿qué es amar?
Te dire que yo era una mujer sin tierra, hallé su mirada y me interné allí, haciendo de ella mi hogar; hallé mi suspiro en el timbre de su voz y me perdí en su risa… aún escucho como un eco en el abismo, su manera de decir mi nombre y tiemblo.
Los días pasaban lentos, su alegría era mi alegría y su dolor el mío, un canto espontáneo en el alma decía, "te amo" y en cada nota escondía su nombre… susurrando un para siempre, esperando un encuentro.
Intenso…, crédulo, ingenuo, así fue el sentimiento que creció dentro de mi; tan fuerte, tan inmenso que mi razón y mi fuerza perdieron su voluntad.
Qué agonía aquellos instantes sin poder mirarnos, sin poder sentirnos, sin poder besarnos el alma.
La distancia tras la noche asechaba la entrega, secuestrando mis gemidos que desesperados buscaban la muerte en su piel.
Escribí entonces mil poemas de amor, todos para el y él, los leía para mi hasta el cansancio, hasta la entrega inevitable, hasta el orgasmo terrible, desgarrador, sediento de su esencia.
En cada verso, yo era suya, en cada pausa se entregaba a mi.
Inmortal como el poema que aún recita un nosotros, le amé; cuando la noche era violenta y despiadada, su sombra traspasaba en un escalofrío mi cuerpo exigiendo verdades ocultas, miedos pasados… todo se lo dí.
Desnudé cada parte de mi, pinté caricias invisibles en el lienzo de mi alma, rendida por la sensata estupidez que me arrastraba a su caudal, a su río incesante que arrazaba con todo.
Amé de tal manera entonces su fuerza, la misma que me lanzaba al vacío y me hacía volver con la ternura de sus silencios.
También él desnudó su alma, también él tembló de amor, también sus demonios callaron su voz al verme.
¿De qué otra manera puedes amar a alguien?, si aún su sombra cubre mis noches, si mis poemas no saben otro verso más que el necio que le nombra incógnito.

Leslie Mansilla 
Guatemala, C.A. 2020

Soliloquio de febrero.

Tengo una historia guardada en mis bolsillos, le busco cada que olvido estar viva; a veces me pinta una noche tormentosa, otras veces me inunda hasta las lágrimas en un río que no tiene más cauce que el amor.

Trae consigo una melodía triste y le abrazo, como un amuleto de buena suerte,
como si soltarle fuera la muerte.

Ésta historia no olvida la tierna madrugada, cómplice de éste insomnio que ha vuelto a ser mi amigo.
Le contengo con un café para disminuir la tensión y acercarme un poco más a éstas letras que me conducen hasta el yo misma, que me reconcilia.

No sé cuantos pasos he recorrido,
si es una historia vieja o eterna, sólo se que fui yo la protagonista y él, el fantasma de mis días.
Y sigo hablándole, en segunda persona como si nunca se hubiese ido hacia el pasado, cada vez más lejano, cada vez más inofensivo.
Contemplo su mirada cada que cierro los ojos y mi alma no se olvida.

Intento que no duela demasiado… sólo lo suficiente para un poema, para una noche alada, vestida de sedas, bañada de rocío.
Susurro para que no pueda escucharme desde la lejanía de sus costas, mientras duerme, yo canto al viento.

Les Mansilla, Guatemala, C.A. 2020

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